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Avance incontenible






Salud   -
Por Armando Maronese   *
 
El Covid-19 no detiene su marcha. Durante gran parte del verano se tomó un respiro, pero en los últimos días nos recordó que sigue vivito y coleando. En las últimas horas el número de contagios superó la barrera de los 24 mil y en poco tiempo, lamentablemente, el número de fallecidos alcanzará los 60 mil. A pesar de ello el virus tiene una gran virtud: no miente. Desde hace un poco más de año su mensaje es el mismo: “No me subestimen. Mi estrategia es simple y contundente: esmerilar por agotamiento a la humanidad. Les hago creer a los seres humanos que mi poder de fuego es limitado. Y los seres humanos no han hecho más que creérsela. Lo real y concreto es que siguen estando a mi merced”.
 
El coronavirus ha puesto dramáticamente en evidencia nuestras miserias morales. El egoísmo, la mezquindad, el desinterés por la salud del otro, han emergido a flor de piel. Desde que estalló la pandemia un importante sector de la sociedad actúa como si nada pasara. Pareciera que les importara un rábano el Covid-19 y sus consecuencias. Para estos argentinos el virus, literalmente, no existe. Si alguien se enferma es su problema. “Mientras no sea yo el enfermo -o alguno de mis seres queridos- no pasa absolutamente nada”, razonan. Tamaña miserabilidad repugna. Porque para estos argentinos los demás son insignificantes, no existen ontológicamente.
 
El Covid-19 también ha puesto en evidencia la degradación moral de nuestra clase política. El espectáculo que vienen brindando el oficialismo y la oposición es pavoroso, sencillamente canallesco. Su accionar se reduce pura y exclusivamente a lo siguiente: cómo quedar lo mejor parado posible de cara a las elecciones que se vienen. Desde que estalló la pandemia en marzo del año pasado la clase política no ha hecho más que moverse en función de sus intereses electorales. Durante los meses posteriores a la implantación de la cuarentena el 19 de marzo de 2020, Alberto Fernández se convirtió en el político con mejor imagen positiva del país. Envalentonado por las encuestas reaccionó de la peor manera: se la creyó. Y ya se sabe desde tiempos inmemoriales que la soberbia es uno de los pecados capitales. Tan agrandado estaba que se dio el lujo de criticar la política sanitaria de Suecia, un país infinitamente más desarrollado que la Argentina. Fue su momento de gloria. Si las elecciones hubieran tenido lugar en septiembre pasado hubiera obtenido un resultado arrollador.
 
Lamentablemente, el presidente cometió otro error gigantesco: extender la cuarentena de manera irresponsable e inaudita. No percibió los graves daños que estaba causando a la economía y a la salud mental de la población. Convencido de la infalibilidad del doctor Pedro Cahn, consideró que el encierro eterno era el único antídoto eficaz contra el virus. Se negó a escuchar a aquellos expertos que le aconsejaban aumentar considerablemente el número de testeos y efectuar el aislamiento inmediato de los infectados. Para colmo, no dudó en avalar gigantescas manifestaciones callejeras que implicaban un atentado contra la salud de los argentinos. La incongruencia era evidente ya que por un lado enarbolaba la bandera de la cuarentena y por el otro daba el visto bueno a actitudes colectivas contrarias a la misma.
 
Por su parte, la oposición esperó agazapada el momento preciso para clavar sus colmillos en la yugular presidencial. A partir del escandaloso velatorio de Diego Maradona los referentes opositores comenzaron a descerrajar munición gruesa sobre la estrategia sanitaria del gobierno. El caso más emblemático fue el del doctor Adolfo Rubinstein, quien comenzó a criticar duramente a Alberto Fernández sin antes haber efectuado una profunda autocrítica de su gestión sanitaria durante el gobierno de Macri.
 
Durante este verano pareció que el virus amainaba. Fue tan solo un espejismo. Si alguien creyó que era el principio del fin de la pesadilla cometió un grosero error de cálculo, además de poner en evidencia una supina ignorancia de lo que estaba sucediendo con el virus en gran parte del mundo. Pero lo que cuesta creer, es que las autoridades sanitarias del país hayan creído que el fin de la pandemia estaba a la vuelta de la esquina. Por el contrario, desde hace algunas semanas importantes funcionarios sanitarios de la provincia de Buenos Aires, como el doctor Nicolás Kreplak, comenzaron a advertir sobre la inminencia de una segunda ola de coronavirus, tal como estaba aconteciendo en Europa, por ejemplo. Sin embargo, el gobierno nacional adoptó la política del dejar hacer-dejar pasar, la que se puso dramáticamente de manifiesto durante Semana Santa.
 
Lo que aconteció en los días posteriores a Pascua es conocido por todos y realmente irresponsable por parte del gobierno como de la sociedad: “Permitir viajar a centros de veraneo sin límites”.  Comenzó a producirse un crecimiento exponencial del número de contagios lo que obligó al gobierno a imponer en las últimas horas algunas restricciones nocturnas. El problema es que el presidente ha perdido gran parte de su autoridad debido al escándalo del vacunagate, y de su evidente dependencia de la poderosa vicepresidenteK de la nación. El gobierno sigue menospreciando uno de los dos factores fundamentales para detener la propagación del virus: la responsabilidad individual. El otro es el proceso de vacunación que por el momento se encuentra bastante retrasado. Mientras tanto el coronavirus nos sigue haciendo el pito catalán, y continúa mofándose de nuestra estúpida soberbia.
 
Por Armando Maronese
D, 25/04/2021
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