Redacción, Digital, Mar del Plata, Mar, Plata, Noticias, periódico, casino.

El robo del anillo de Menem y la tragedia de los anillos del poder








Por Miguel Wiñazki   *
 
El poder se deposita alegóricamente en los anillos, pero los anillos robados del poder son una constante.
 
Mientras agonizaba, alguien robó el anillo de Carlos Menem. Era de oro con una piedra de Onix.
 
El episodio tiene algún parentesco con el macabro robo de las manos de Perón. Una hipótesis afirmaba que habrían quitado junto con las manos del benemérito y largamente extinto general, el anillo que portaba, donde constaban claves de una cuenta -inmensa- en Suiza. Sería una leyenda.
 
El anillo de Menem era legendario para él mismo. Su padre Saúl se lo había regalado para legarle buena suerte. El ex presidente lo extravió pero utilizaba otro, una réplica que tendría grabados, se afirma, los nombres de sus hijos.
 
La Argentina macabra, la indolencia tránsfuga de los presuntos ladrones, la impotencia de quien tuvo tantísimo poder, y el aquelarre generalizado se inscriben en ese hurto.
 
El anillo, los anillos del poder, son siempre mitológicos. El anillo de Giges, por ejemplo, según cuenta Platón, volvía invisible a su portador. Giges era un pastor que había encontrado un anillo tras un sismo. Se abrió la tierra, en la hendidura yacía un caballo de bronce, y dentro del equino metálico y en los dedos de un difunto estaba la sortija mágica que volvía invisible a quien lo usara.
 
Giges tomó el anillo e inasible para la vista de los demás decidió hacerse poderoso. Aprovechó su poder. Terminó capitalizando los dones de su talismán, y concluyó a fuerzas de desmanes tomando todo el poder de la comarca.

 
Manos de Carlos Saúl Menem con el anillo que le sustrajeron.
Foto: Enrique García Medina
 
Nadie sería justo, concluye Platón, si sus eventuales crímenes no pudieran ser descubiertos.
Los fueros y el poder dotan invisibilidad, en cierto sentido, como el anillo de Giges.
Pero han robado el anillo.
 
Un anillo para gobernarlos a todos… un anillo para atraerlos a todos y atarlos a las tinieblas”, escribió J.R.R. Tolkien en El Señor de los Anillos.
 
La historia del Anillo de Los Nibelungos, la leyenda que Wagner compuso como una ópera tremenda, es análoga. Con el oro anclado en el fondo del Rin, se forjó un anillo que le otorgaría a su portador todo el poder del mundo, a cambio de que aceptara una maldición: renunciar al amor.
 
Hubo rencillas y más que rencillas: batallas entre dragones, dioses y humanos por poseer aquella alianza con el poder absoluto. Los nibelungos eran un pueblo de enanos que poseían el anillo que luego se disputaron todos derramando vida y sangre.
 
La lucha por el poder, por los anillos del poder, siempre son trágicas.
 
Los papas usan desde tiempos inmemoriales el “Anillo del Pescador”, de oro, donde se lee, por ejemplo: “Franciscus Episcopus Romae” (Francisco, Obispo de Roma). Bergoglio lo usa muy pocas veces y prefiere uno de plata menos llamativo.
 
Pero no hay papado sin anillo.
 
Diego Maradona valoraba el ostentoso anillo que le regalaron los capitostes sangrientos de Bielorrusia cuando iba a dirigir al Dinamo de Brest.
 
Resplandecía enorme una piedra azul rodeada de brillantes.
 
Maradona murió, se sabe ahora, rodeado de ineficientes y negligentes; triste, solitario y final.

Es trillada ya la historia del anillo de Julio Grondona, quien fuera omnipotente presidente de la AFA, y aquella leyenda en su dedo meñique: “Todo pasa”.
 
Todo pasa pero en algún sitio todo queda. Porque el poder cambia de manos, pero permanece en manos de otro.
 
El poder se deposita alegóricamente en los anillos, pero los anillos robados del poder son una constante.
 
El tintineo de los anillos cuando caen, como cayó el anillo de Julio César cuando lo asesinaron, es el sonido del fin del poderoso y del traspaso inevitable del poder como cuenta María García Esperón en su novela precisamente titulada “El anillo de César”. El epígrafe que inaugura ese texto es desde luego perfecto: “Y la sortija, pregunté. Se perdió según la costumbre de los objetos mágicos”. Lo escribió Jorge Luis Borges.
 
¿Quien porta el anillo de poder hoy en este país?
 
¿Ella o él?

La Eva que me impresionó era la que estaba vestida de joyas”, se le adjudica haber dicho a Ella hace poco. Las joyas de Eva deambularon junto a su cadáver robado e itinerante por medio mundo, inscripta como quedó aquella travesía infamante y fúnebre en la historia, pero están a salvo y en estas tierras.
 
Aunque las joyas, otra vez, no conjuraron la tragedia.
 
¿Por qué manos ladinas circulan los anillos robados o los acuñados gracias al robo de los dominados?
 
Los herreros mitológicos fueron siempre considerados profetas, sacerdotes por las civilizaciones que hoy denominamos arcaicas. Modelaban los metales que brotaban en lo profundo de la tierra, aunando el brillo que brotaba contradictorio con la oscuridad subterránea, y la gloria del poderoso que los lucía.
 
Esa gloria llega y se va. Solo que los dueños del poder suelen olvidarlo, porque ese es el efecto de sus anillos mágicos: obturan la conciencia y dejan de percibir que el poder es un anillo que al final se desprende de su dueño.
 
No se dan cuenta. Pero esos anillos siguen su camino, posándose fatalmente en otras manos. Engarzados en otros dedos y en otras historias parecidas y a la vez diferentes.
 
Por Miguel Wiñazki
S, 20/02/2021

VOLVER AL LISTADO DE NOTICIAS