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Monólogo. Carta anónima de una historia de amor





Por Armando Maronese   *
 
Estaba escribiendo junto a la ventana abierta y el viento trajo volando una carta a mi escritorio ¿Qué serás me pregunté? La miro y leo: “Carta anónima de una historia de amor…”
 
El amor siempre está vigente. A veces uno tiene por costumbre decir que, en la ficción, todo puede pasar. Pero ese dicho que enuncia que la realidad supera a la ficción, es demasiado cierto. Y yo lo pude comprobar con mi historia... quizás más importante que otras o no... quizás más increíble que otras o no... quizás más profunda que otras o no... pero lo que sí les puedo asegurar, es que me marcó para toda la vida.
 
 Hoy es una buena idea compartirla con ustedes... Ahí va: corría el año 1984, yo era un jovencito todavía. Por aquel entonces era un tiempo de muchos cambios en el país. Había vuelto la democracia, teníamos muchos anhelos y sueños. Ideales como lealtad, libertad, igualdad eran nuestras banderas. Y claro está, el amor que se ponía en todo eso hacia fulgurar nuestros corazones, y de esa misma manera nos disponíamos a amar a alguien que llegara a nuestras vidas para darle mucho más color. Yo tenía 13 años y estaba inmerso en ese ambiente de soñadores e idealistas propio de la edad. Había sido elegido el delegado de mi curso para participar del Centro de Estudiantes de mi escuela y debíamos reunirnos una tarde de agosto de ese año, a la cual concurrí con mi mejor amigo y hoy compadre (una amistad de aquellas, si las hubo, el negro López).
 
En esa reunión no tuvimos mejor idea de ir a conocer a nuestros próximos compañeros. Ya se acercaba la hora de salida y de pronto, se abrió la puerta del otro curso y de allí salió la mujer más hermosa que vi en mi vida... Su pelo medio lacio castaño... la piel blanca... dos manzanas coloradas a los lados de su rostro... y lo más importante, sus ojos, no sólo el color verde, sino que destellaba un brillo muy especial, de otro mundo ¿Su estatura? Más o menos 1,68 ó 1,70. Esbelta, hermosa.
 
Pasó frente a nosotros dándonos una fugaz mirada, que bastó para que me enamorara perdidamente de ella. Desde ese momento, supe que mi corazón no tendría otra dueña, que mi vida tendría sentido si sólo la tuviera a mi lado, por siempre, que mis hijos serían sus hijos. Según mi compadre, nunca vio otra cara de bobo como la mía en ese momento. Ella se dirigía a la sala de profesores a buscar un borrador, salió de allí y cuando volvió a pasar, no pude articular palabra, quería decirle que la amaba con toda mi alma, aún cuando no me creyera, pero tenía la garganta seca, pero también es cierto en el mundo en que vivíamos había ciertos códigos que respetar.
 
La volví a ver al año siguiente y fuimos compañeros durante el resto de la secundaria, pero jamás le dije lo que sentía por ella, por miedo al rechazo, por un lado, y por otro porque pensaba que si lograba conquistarla durante ese período de nuestras vidas, quizás la perdería en el futuro, cuando saliéramos de la escuela, y no podría ser la madre de mis hijos, así que me dispuse a esperar. Y esperé, esperé, me encomendé a Dios en muchísimas ocasiones, estuve al borde de la muerte y pensé en ella, sufrí por ella hasta lo increíble.
 
Me banqué novios pasajeros de la adolescencia. Concurría a la escuela sólo para verla, sin descuidar mis estudios por supuesto. Sé que ella siempre supo lo que yo sentía y sé que era alguien especial para ella, pero por el hecho de que nunca le decía nada. Sé que le intrigaba saber hasta dónde podía aguantar, y aguanté... Y un bendito día llegó el final del secundario y le dejé estampado en su delantal una declaración de amor. Finalmente, me fui a su casa el penúltimo jueves de 1988 y, a las 12.30 ya del viernes, le confesé todo lo que había sentido y sufrido por ella, todo lo que había hecho por ella (caminata a La Reducción, rechazo a otras chicas, etc.)
 
Allí estaba yo haciéndola pasear por mi alma desnuda y mi corazón en la mano, el cual ya no me pertenecía, pues era de ella hacía algunos años, pero sólo me limité a contárselo, no le pedí que fuera mi novia, sólo le conté mis sueños y anhelos, le hablé de mi amor, de mi entrega, de mi idealismo, y luego me fui. Perdí el "bondi" y tuve que caminar 15 kilómetros hasta mi casa... no me importaba.
 
Luego nuestros caminos siguieron por rutas diferentes y, como suele suceder en la vida, ella se casó y tuvo un hijo, yo tuve mis vaivenes amorosos sin poder estabilizarme. ¿Saben por qué? La seguía amando aún en la distancia, y si Tucumán hoy es un pañuelo, en los años 80 era la mitad de ese pañuelo, así que siempre me encontraba a algún conocido que me hablaba de ella. Y la estantería que quería construir se caía a pedazos. Hasta que un día la encontré y me convencí, de una vez por todas, que no podía callar ni matar ese sentimiento. ¡Era la mujer de mi vida!
 
Me dejé arrastrar por la corriente... ella estaba separada hacía ya un tiempo, había sufrido mucho su fallido matrimonio. Pero ahí estaba yo, no como un salvador ni mucho menos, sino como un hombre que la amaba de verdad, el único que la había amado de verdad. Y no me importó nada, la invité a tomar algo, fuimos al bar de la esquina de 25 de Mayo y San Juan y le volví a decir que aún la amaba... Sé que en ese momento, las barreras que ella había creado desde la adolescencia se cayeron del todo, y entre vaivenes de la vida salimos y nos separamos. Luego volvimos a estar juntos, en el 97. Desde entonces, convivimos y tuvimos dos hijas más. Mi sueño se había cumplido. Por fin tenía en mi casa a la mujer que amé a primera vista.
 
Por eso sé que el amor existe. Que siempre hay una nueva oportunidad. Que el amor es lo que mantiene este mundo. Que las ideologías se caen. Que tu equipo de fútbol gana o pierde. Que una guerra comienza y otra termina. Y que el amor siempre está vigente. Pero... ¡Cómo la sigo amando! ¿No es hermoso?
 
Por Armando Maronese
J, 07/01/2021
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