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Francisco y la meritocracia





Por Daniel V. González   *
 
Después de largos meses de silencio, Francisco decidió hablar. Pero no lo hizo para iluminar a la humanidad toda, acerca del singular y catastrófico momento que se está viviendo. No: habló para participar de la política menuda de su país, un tema que lo obsesiona. No pocas veces Su Santidad ha dado muestras de un mayor interés por los asuntos del César (o sea, los vinculados al poder) que por los de Dios (o sea, los relativos al espíritu y la vida trascendente). 
 
Por si hacía falta, el Papa nos ratificó de qué lado está en la política nacional, qué ideas comparte y cuáles desestima, dónde están sus afinidades y dónde sus rechazos.
 
- Menor esfuerzo
El Papa se pronunció claramente contra la idea de que el esfuerzo personal deba ser considerado un bien estimable, valioso para organizar la sociedad, sus jerarquías y su sistema de premios y castigos. Dijo que “quien busca pensar en su propio mérito, fracasa” y, para no dejar dudas acerca de su pensamiento redondeó: "Quien razona con la lógica humana, o sea, la de los méritos adquiridos con la propia habilidad, de primero pasa a último". 
 
Si sus palabras tienen significado como proclama universal para los fieles católicos, en el caso de la Argentina añaden un valor preciso y concreto: respaldar dichos similares del presidente Alberto Fernández, que la semana pasada descalificó la idea de un ordenamiento social regido por el mérito, al que denomina, despectivamente, “meritocracia”. Más aún, es probable que la verdadera intención papal no haya sido otra que jugar en la política argentina, una inclinación que siempre aparece entre sus prioridades. 
 
Para fundar su idea, Francisco nos remite a los Evangelios. Dada la centralidad de esa referencia y aún a riesgo de abrumar al lector, transcribiremos la cita completa:
 
"Los trabajadores de la viña. Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña.

Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.
Saliendo cerca de la hora tercera del día, vio a otros que estaban en la plaza desocupados y les dijo:
- Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo. Y ellos fueron.


Salió otra vez cerca de las horas sexta y novena, e hizo lo mismo.
Y saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que estaban desocupados y les dijo:
- Por qué estáis aquí todo el día desocupados?


Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a la viña, y recibiréis lo que sea justo.

Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su mayordomo:
- Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros.
Y al venir los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario.


Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más, pero también ellos recibieron cada uno un denario.

Y al recibirlo, murmuraban contra el padre de familia, diciendo: Estos postreros han trabajado una sola hora y los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor del día.

Él, respondiendo, dijo a uno de ellos: Amigo, no te hago agravio;
- ¿No conviniste conmigo en un denario?


- Toma lo que es tuyo y vete; pero quiero dar a este postrero, como a ti.  ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno?
 
Así, los primeros serán postreros y los postreros, primeros; porque muchos son llamados, mas pocos escogidos. (Mateo 20, 1-16)".
 
Hasta aquí el texto bíblico. 
 
- El mensaje de Francisco
La enseñanza que nos arroja Francisco supone una valoración inversa a la que resulta útil para una organización económica eficiente. El texto relata y Francisco nos propone que, cualquiera será el esfuerzo dedicado al trabajo, la retribución debe ser igual para todos. Y los que se esforzaron menos, serán los primeros y los que trabajaron más, serán los últimos.
 
¿Qué clase de sociedad puede organizarse sobre la base de privilegiar a los que trabajan menos y desdeñar a los más esforzados? ¿Los empresarios católicos se comportan de esa manera en sus emprendimientos? En ese caso… ¿Cómo les va en sus empresas? Sería difícil sobrevivir con estas ideas que ponen patas para arriba la racionalidad. Cualquiera que haya trabajado, lo sabe. 
 
Estos conceptos sobre trabajo y retribución se parecen mucho a la prédica marxista que reza “de cada uno, conforme a su capacidad; a cada uno, de acuerdo a su necesidad”. Claro que el socialismo real, en su versión más desarrollada, la de la URSS, estuvo muy lejos de aplicar esa norma. Al contrario: valoraba mucho el esfuerzo individual y conminaba a los trabajadores al mayor sacrificio posible. Baste recordar el “estajanovismo”, la emulación obligatoria del obrero de minería Aleksei Stajánov, declarado Héroe del Trabajo Socialista por su notable marca al momento de extraer minerales de una mina, a fuerza de músculo. 
 
La economía no puede estar desvinculada de la eficiencia ni del esfuerzo. El aumento de la productividad, consecuencia del conocimiento y también del trabajo esforzado es lo que permite el progreso económico, que a su vez consigue que mayor cantidad de gente abandone su condición de pobreza y a la vez conquiste mayores cuotas de libertad. 
 
- Otras ideas
También en los evangelios existen claras convocatorias al trabajo, al esfuerzo personal y a ganarse el pan cada día. Uno de los tramos más conocidos (y que Francisco seguramente sabe de memoria) es el de la carta de Pablo a los tesalonicenses. Allí puede leerse: “… Hemos trabajado con esfuerzo y fatiga día y noche para no ser una carga a ninguno de ustedes. El que no quiera trabajar, que no coma. (…) les mandamos y exhortamos a que trabajen en paz y se ganen el pan que comen”.
 
No será sencillo ver a Francisco citando estos tramos del Evangelio. Sin embargo, el más duro de ellos, que vincula el trabajo con el alimento, fue incluido en la Carta Encíclica Populorum Progressio (1967) por Pablo VI, que en tiempos muy turbulentos y revolucionarios insistía en recordar la relación que existe entre el alimento de cada día y el esfuerzo para obtenerlo.
 
En esta misma línea de valoración del trabajo también se encuentra Benedicto XVI, quien, por ejemplo, en su Encíclica Caritas in Veritate (2009) advierte que el estado debe jugar siempre un rol subsidiario sin el cual, la solidaridad corre el riesgo de convertirse en asistencialismo, “que humilla al necesitado”.
 
Son dos modos de relacionarse con la pobreza y los pobres. Ambos coexisten en la doctrina católica pero, Francisco ha abandonado la línea iniciada por Juan Pablo II y continuada por Benedicto XVI y ha internado a la Iglesia en un populismo que va a contramarcha de la Historia.
 
Por Daniel V. González
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