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La Patria es el velorio





Por Alejandro Borensztein
 
Posiblemente la razón por la que los argentinos amamos tanto a Diego es porque logró el milagro de hacernos felices a todos juntos. Nos dio demasiado, tal vez lo que nunca nadie. Por eso, y antes que nada, el dolor y el agradecimiento eterno.
 
Ahora, hablemos del velorio.
 
En principio, solicitamos a la barra de Gimnasia y Esgrima de La Plata que tengan a bien devolver a la brevedad al Granadero Zapiola, ahora que los funcionarios del Gobierno nacional acaban de dejar el bolsito con el rescate solicitado en el andén de la estación City Bell del Ferrocarril Roca.
 
Asimismo informamos que el decreto presidencial Nº 4289/20 publicado sorpresivamente el jueves a la tarde, y en el cual se ordena la destitución inmediata de los jueces Bruglia, Bertuzzi y Castelli, no es válido porque está firmado por el Rafa Di Zeo, Jefe de la Barrabrava de Boca.
 
Lo mismo cabe para el decreto 7768/20 según el cual se autorizó una transferencia de 10 millones de pesos de los fondos reservados de Presidencia de la Nación a la Peña de amigos del Club Almirante Brown. Los peritos detectaron que la firma del jefe de Gabinete estampada en el decreto, en realidad, fue falsificada por uno de los capos de la barra de Almirante Brown.
 
Dicho todo esto, lo que ocurrió este jueves no hizo más que confirmar algo que siempre supimos, pero que el velorio del Diego expuso como nunca: el peronismo ya no es lo que era.
 
Se podrán decir muchas cosas sobre el Movimiento Nacional Justicialista, a favor y en contra. Lo que nadie puede discutir es que el peronismo supo organizar unos velorios de la gran puta. Los mejores de la historia.
 
Empezando por el de Evita en 1952. Glorioso. Inolvidable. Arrancó el 27 de julio a las 11:00 de la mañana en el Ministerio de Trabajo (había fallecido el día anterior) y terminó en el Congreso Nacional el 11 de Agosto. O sea que duró… ¡¡16 días!! Hasta los gorilas tuvieron la posibilidad de despedirla. Y encima Dios acompañó en la tristeza: llovió casi todos los días. Un velorio impecable organizado por el number one: el General Juan Domingo Perón y su ballet.
 
Un poco más breve, pero igualmente impactante, fue el velorio del mismísimo General Perón que empezó el martes 2 de julio de 1974 en el Congreso Nacional y terminó el jueves 4 cuando Ricardo Balbín nos aflojó hasta las muelas con su frase inolvidable: “Este viejo adversario despide a un amigo”. También llovió sin parar los tres días. Nobleza obliga, gran trabajo de Isabelita y su ballet.
 
Hay que destacar que ambos eventos se pudieron organizar a la perfección en una época en la que no había ni celulares ni computadoras ni cámaras de seguridad ni drones ni nada. Solo gente eficiente.
 
Es increíble que, con toda la tecnología y los recursos de hoy en día, Tío Alberto y su ballet hayan hecho el papelón que hicieron el jueves. No se lo merecían ni Diego ni su familia ni el pueblo. Pero bueno, es lo que hay.
 
Evidentemente, aquel peronismo que supo organizar los mejores velorios de la historia argentina, hoy está dirigido por una simpática batucada de inútiles. El recambio generacional se está haciendo esperar demasiado.
 
Es importante aclarar que Su Majestad Cristina no tuvo nada que ver. Ella sólo aprobó la idea, la mandó motorizar, imaginó que el velorio en la Rosada tapaba la crisis y reconstruía el relato y se ocupó de producir cuidadosamente su propia foto junto al féretro. Nada más. El resto fue todo mérito de Alberto y su inefable trío Cafiero/Wado de Pedro/Frederic. Los demás nombres mejor ni averiguarlos.
 
Es fácil imaginar cómo empezó todo este asunto, en plena conmoción mundial, con Maradona en las tapas de todos los medios del planeta y la comunidad futbolera internacional despejando toda duda sobre quién fue el más grande.
 
En ese mismo instante, habrá entrado corriendo al despacho presidencial un boludo (siempre hay un boludo) y dijo: “¡Tengo una idea genial, hagamos el velorio de Diego en la Casa Rosada!”. Plano corto de la cara de Tío Alberto: “dejame que consulte y ya te digo” (cuando uno dice plano corto de Tío Alberto todos pensamos inmediatamente en Rolo Puente, así se entiende mejor el espíritu y el tono de lo que estamos viviendo en la Argentina).
 
Seguramente el jefe de Gabinete Cafiero habrá dudado, pero como él sospecha que está en la lista de los famosos “funcionarios que no funcionan”, no se debe haber animado a contradecirlos. A Ginés ya no le preguntan nada, de Trotta olvidate y Solá está demasiado ocupado tratando de explicarle al mundo que no somos chavistas y que pueden confiar en nosotros. Así los hechos, todos se entusiasmaron con la idea, nadie los frenó y allá fueron.

En síntesis, el gobierno de Alberto Fernández decidió organizar el velorio popular y masivo de Diego Armando Maradona en el corazón de la Casa Rosada al que asistirían un millón de personas, incluidos todos los barrabravas del país, bajo 30 grados de temperatura y en el medio de una pandemia mortal que, en pocos meses, ya se llevó a 38.000 almas argentinas. Hasta mi tía Jieshke sabía que no había ninguna posibilidad de que les saliera bien. Igual se mandaron.
 
El día que se descubra el nombre del funcionario al que se le ocurrió esta idea tendremos finalmente el tan esperado ganador del concurso del Pelotudo del Año.
 
Yo sabía que había que esperar que el año avance un poquito más antes de entregarle el premio a alguno de los candidatos favoritos. Es verdad que todavía falta diciembre y siempre puede aparecer un pelotudo imbatible, pero intentar manipular políticamente la muerte del Diego y terminar con los barrabravas subidos a las rejas de la Rosada, el Presidente de la Nación evacuado y el coronavirus haciéndose una panzada, es algo difícil de superar.
 
Pensándolo bien, tal vez hay otro personaje que podría competir por el trofeo y cuyo nombre deberíamos averiguar. Es el pelotudo que dijo: “Quedate tranquilo, yo me ocupo”.
 
Horas después, cientos de barrabravas corrían por los pasillos de la Rosada mientras en las calles daban otro capítulo de nuestra exitosa serie “La guerra civil argentina”.
 
Cuando la desesperación y el caos ocupó todo, alguien habrá llamado a la Reina para preguntar qué debían hacer. “Echale la culpa a Macri…y si no da, echásela a Larreta”, fue lo primero que se les ocurrió. Dicho y hecho.
 
Para ser sinceros, es posible que cualquier gobierno de los que tuvimos en los últimos 100 años hubiera intentado utilizar políticamente el episodio de un modo parecido. Desde la fabulosa manipulación del entierro de Gardel (algún día contaremos esta historia) hasta hoy, ninguno se privó de hacerlo cuando algún evento cultural o deportivo lo permitía. Salvo un presidente que, cuando tuvo la oportunidad, y de hecho fue la mejor oportunidad de la historia con el Mundial del 86, resistió la tentación: Alfonsín. Cuándo no.
 
Se ha dicho muchas veces pero nunca está de más repetirlo: Don Raúl le cedió el balcón a Maradona y a sus compañeros para que ofrendaran al pueblo, reunido en Plaza de Mayo, la Copa del Mundo que trajeron de México. Alfonsín se quedó adentro. No fue la fiesta del alfonsinismo ni del radicalismo. Fue la fiesta de todos.
 
Ya sabemos que estadista, lo que verdaderamente se llama un estadista, nos toca uno cada medio siglo. No nos angustiemos tanto, matemáticamente faltan sólo 13 añitos para que aparezca otro como él.
 
Distinto es lo del Diego. Dios pone un Maradona sobre la Tierra cada mil años. Después de lo que vimos, sería un milagro que lo vuelva a poner en la Argentina.
 
Por Alejandro Borensztein
28/11/2020
 

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